El sabor metálico de la sangre inundaba mi boca, un estímulo que para muchos sería la esencia del pavor, pero que para mí era un consuelo sombrío. Mis ojos, hinchados y casi inservibles, apenas lograban abrirse mientras mi lengua recogía el líquido escarlata que se escurría por la comisura de mis labios.
No les daría el placer de verme quebrar, mucho menos de escucharme suplicar. Yo estaba diseñada para soportar el tormento, para resistir cada embate del sufrimiento, aunque todavía no hubiera c