Benedict Cavendish
La habitación estaba sumida en esa penumbra donde los problemas del mundo exterior la oficina, los proyectos de arquitectura, la firma, el apellido que pronto compartíriamos, parecían evaporarse. El silencio de la mansión, que antes nos torturaba con la amenaza de ser descubiertos, ahora nos envolvía como un manto protector. Tenía a Savannah entre mis brazos, su piel aún húmeda por nuestro sudor, su corazón latiendo contra el mío con una cadencia que, poco a poco, empezaba