La luz de la mañana se colaba por los ventanales de la mansión Moretti, bañando de oro los pasillos silenciosos. En la cocina, Enzo terminaba su desayuno con una taza de café aún humeante cuando la voz firme de Alessandro resonó desde el umbral:
—Enzo, ven a mi oficina. Ahora.
El tono no era de enfado, pero sí cargado de urgencia. Enzo alzó la vista, captando el brillo extraño en sus ojos. Dejó la taza con lentitud y caminó sin decir nada hasta el despacho.
Apenas cruzó la puerta, Alessandro la