La música se deslizaba por los salones de la Mansión Salvatore como seda, acompañando la elegante coreografía de saludos, copas levantadas, y sonrisas falsas entre hombres que en cualquier otro lugar se dispararían a matar.
Alessandro permanecía cerca de la gran escalinata central, rodeado por un pequeño grupo de aliados, pero sin prestar verdadera atención a nadie. Su mirada no se movía del cuerpo que se deslizaba entre la multitud con una seguridad inocente: Enzo.
Enzo se detuvo en la mesa de