52. La Trampa del Espejismo
Las pesadas puertas del Diwán se abrieron de par en par para dar paso no a un soldado de vanguardia, sino a la mismísima Zahra, quien entró con la túnica real intacta y una sonrisa triunfante que heló la sangre de su propio padre y de su hermano; detrás de ella, custodiándola con armas de calibre pesado, no marchaba la milicia del norte, sino la guardia de élite personal del Emir, revelando en ese instante que la expulsión de Zahra del palacio no había sido un castigo, sino la pieza maestra de