36. La Realidad del Trono

La bata de seda se abrió por completo bajo la presión de los dedos del Emir. La luz de la mañana que entraba por el ventanal elevado iluminó la desnudez de Elena, una visión de curvas perfectas que hizo que la paciencia de Amir se fragmentara de nuevo. Él no era un hombre que suplicara, pero la forma en que su cuerpo buscaba el de Elena denotaba una necesidad casi adictiva. Sus manos recorrieron la firmeza de sus pechos, provocando que los pezones de ella se endurecieran bajo el tacto rudo pero
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