Amelia sostenía a su pequeño bebé entre sus brazos, mirándolo como si no pudiera creer que estuviera ahí… vivo… sano… suyo. Sus dedos acariciaban con delicadeza su mejilla, mientras todos a su alrededor la observaban en silencio, como si fueran testigos de un milagro.
Miriam se acercó lentamente y tomó su mano con suavidad.
—Nos asustaste…
Amelia sonrió débilmente, sin apartar la mirada de su hijo.
—Yo también tuve mucho miedo, pensé que no podría volver… —susurró, y luego levantó la vista hacia