Erick no se había movido.
Seguía ahí.
Sentado al lado de la cama, con la mano de Amelia entre las suyas, aferrándose a ella como si soltarla significara perderla para siempre. No comía, no dormía, no hablaba con nadie más que con ella. Sus labios apenas se movían, susurrándole palabras suaves, recuerdos, promesas… cualquier cosa que pudiera traerla de vuelta. La necesitaba como el aire mismo.
De pronto, un golpe en la puerta rompió el silencio. Se escucharon movimientos en el pasillo, un quejid