Las puertas de la clínica se abrieron de golpe.
Armand y Miguel entraban prácticamente corriendo, cada uno sosteniendo a sus esposas, ambas con vientres enormes y rostros contraídos por el dolor.
—¡Auxilioooooooo! —gritó Miguel sin ninguna vergüenza.
La enfermera que siempre los atendía levantó la vista… y sus ojos se abrieron como platos.
—Dios mío… sabía que tenía que quedarme en casa hoy… ¡¿Qué pasó?! —preguntó acercándose de inmediato.
—Estábamos en una cena familiar y las dos empezaron con