Erick estaba tranquilo junto a Amelia. El bebé ya se había alimentado y ahora él lo sostenía con extremo cuidado contra su pecho, dándole pequeños golpecitos en la espalda para sacarle los gases.
—Es muy pequeño… —murmuró, casi con miedo de tocarlo demasiado fuerte.
—Sí… —respondió Amelia con una sonrisa cansada— pero hay que hacerlo… lo decía el libro.
—Claro, claro… —repitió él, concentrado.
Después de unos segundos, el pequeño soltó un leve sonido.
Erick sonrió.
—Lo logré…
Lo meció con cuida