Llegaron al departamento y Miguel no dijo nada durante todo el trayecto, pero al entrar cerró la puerta con calma, dejó las llaves y, sin dudarlo, tomó la mano de Miriam, atrayéndola contra su cuerpo con necesidad, esa necesidad de sentirla, de saber que era de él.
—¿Estás bien?
Miriam asintió, apoyando las manos en su pecho.
—Sí… como le dije a tu primo, solo fue la impresión de ayer… recordar por todo lo que pasé, pero solo eso.
Miguel la miró fijo, buscando algo más en sus ojos.
—¿No sientes