Isabel Montenegro no dormía. Desde hacía 36 horas, su mansión se había transformado en una sala de guerra. Pantallas por todas partes, asesores histéricos, teléfonos sonando sin parar. Su rostro mantenía la misma expresión fría, pero sus manos… esas sí delataban el temblor.
Los nombres de Salvador Estupiñán y Helena Ruiz Castaño estaban en todos lados. Portadas, cadenas internacionales, reportes especiales. Hasta el Vaticano había hecho un comunicado ambiguo “en contra del abuso institucional”.