La carretera hacia Zipaquirá parecía más larga de lo habitual. Tomás iba manejando en silencio, con una gorra hundida hasta las cejas. Valentina estaba en el asiento del copiloto, mirando por la ventana sin ver nada. Sebastián iba atrás, monitoreando cada vehículo que los seguía, cada curva que tomaban.
—¿Cuándo fue la última vez que estuviste en esa casa? —preguntó Sebastián, rompiendo el silencio.
—Tenía quince —respondió Valentina—. Mamá decía que era una “casa de descanso”. Pero nunca desca