La habitación seguía en silencio, pero esta vez no por tensión. Valentina y Tomás estaban sentados frente a frente, con dos tazas de café tibio entre ellos y la laptop cerrada como un símbolo de todo lo que habían soltado.
—¿Sabes qué hiciste, verdad? —preguntó Tomás con la voz grave, como si intentara medir el peso exacto de las acciones de Valentina.
—Sí —respondió sin pestañear—. Desaté una guerra.
Él asintió, sin necesidad de agregar nada más. Había respeto en su mirada. Y también miedo. Po