La ciudad entera hablaba de la Rosa Negra.
Los noticieros no bajaban la intensidad. Las redes explotaban con hashtags, teorías, indignación y nombres propios. En el fondo, sin embargo, aún nadie dimensionaba lo más importante: la cabeza de ese monstruo seguía viva.
Y su hija acababa de declararle la guerra.
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Valentina se encontraba sentada en el sofá de un departamento temporal. No tenía ventanas, pero las paredes estaban cubiertas con mapas, fotografías, listas de nombres y trazos en hilo