El reloj marcaba las tres de la madrugada cuando Valentina seguía frente al escritorio, con los ojos ardiendo y el corazón latiendo como un tambor.
Las fotos no se movían, pero su mundo sí.
Una de ellas —la más nítida— mostraba a su madre de pie, al lado de Duarte, con una mano apoyada en su hombro y una sonrisa que no recordaba.
—Esto no tiene sentido —murmuró.
Se levantó, caminó hacia la biblioteca de su departamento y sacó un álbum viejo.
El de la infancia.
El de antes del “accidente”.
Revis