El sol caía sin piedad sobre la finca.
A lo lejos, parecía una propiedad campestre cualquiera: jardines cuidados, fachada de tejas y ladrillo limpio.
Pero Valentina sabía que ese lugar guardaba secretos que podían incendiar un país.
Bajó del auto con gafas oscuras, una carpeta de documentos bajo el brazo, y el rostro de una abogada suiza que fingía estar aburrida de tanto lujo.
Tomás iba detrás, interpretando al inversor europeo con acento falso y una sonrisa desinteresada.
—Señores, bienvenido