Valentina no tocó el vino. No por desconfianza, sino porque necesitaba su mente clara. Sebastián, en cambio, lo degustaba con la soltura de quien está en su terreno. La observaba como un cazador mide a su presa, pero con una curiosidad genuina, como si ya intuyera que esta vez, el juego no sería tan fácil.
—No suelo invitar a nadie a cenar —comentó, dejando la copa sobre la mesa—. Mucho menos a una mujer que investiga mis movimientos.
Valentina entrecerró los ojos. —No estoy aquí para halagos d