Los días siguientes fueron una batalla interna que Valentina no supo cómo librar. Se había prometido no dejar que Sebastián entrara en su cabeza, pero su imagen la perseguía incluso en los sueños. Sus palabras, su mirada… ese maldito silencio cómodo que él manejaba como un arma.
Intentó concentrarse en la investigación. Volvió a repasar los documentos, los nombres, los movimientos de dinero, pero todo le parecía difuso. Como si la cena hubiera puesto un velo sobre su juicio. Se odiaba por ello.