La fiesta seguía su curso, cada vez más bulliciosa, pero para Valentina y Tomás el murmullo de la multitud era solo ruido de fondo. Sabían que estaban allí por algo más grande que trajes caros y copas de champán.
—Separémonos —sugirió Valentina, escaneando el salón con la mirada—. Cubrimos más terreno.
—¿Estás segura? —Tomás arqueó una ceja, preocupado.
Ella asintió con firmeza.
—No vinimos a bailar.
Tomás suspiró, resignado.
—Está bien, pero si ves algo raro, das la vuelta y corres. Nada de he