La noticia llegó como un susurro maldito.
—Lo encontraron muerto esta mañana en una bodega al sur de Bogotá —dijo Tomás, con el teléfono aún temblando en la mano—. Jaime… Jaime está muerto.
Valentina se quedó en silencio. Sus ojos lo buscaron, pero él no la miraba. Estaba helado. Tenso. Como si el alma se le hubiera retirado del cuerpo solo por unos segundos.
—¿Cómo? —preguntó finalmente, con la voz entrecortada.
—Un disparo limpio al corazón. Dicen que fue un robo, pero… —Tomás apretó los dien