El sobre tenía su nombre escrito a mano.
“Tomás Duarte”.
Nada más.
Había llegado con un mensajero desconocido al apartamento donde se refugiaban desde la última redada.
Tomás lo tomó con recelo.
No era común recibir algo sin rastreo.
—¿Es esto...? —preguntó Sebastián, con tono bajo.
—No sé. No lo he abierto.
Valentina, desde la cocina, asintió sin necesidad de palabras.
Tomás rompió el sello.
Y dentro encontró una carta escrita con tinta negra, letra de adulto, firme pero temblorosa.
Y un sobre