La madrugada en Bogotá era densa, fría y húmeda. La niebla envolvía la ciudad como una sábana pesada, cubriendo sus secretos. En el aeropuerto militar de Catam, un jet privado estaba listo para despegar. El piloto revisaba los controles. Dos auxiliares de vuelo esperaban la señal. Todo parecía en orden.
Excepto por el pasajero principal.
Salvador Ordóñez, el contador más temido del país y guardián de los secretos financieros de Isabel Duarte, sudaba bajo una camisa de lino carísima que no lo