El catre de metal era un lecho de tortura. Mi cuerpo, magullado y exhausto, clamaba por el alivio de un sueño profundo, pero mi mente era una jaula de pájaros en pánico. Me sentía atrapada en un ciclo interminable de oscuridad, silencio, y la voz de Lucas, resonando en mis oídos. El sonido del audio, el recuerdo de sus palabras crueles, era un veneno que se había filtrado en mi alma. Me sentía tan vacía, tan traicionada, que la tristeza era un dolor físico, más fuerte que el hambre o la sed. No