Capítulo 36: Incredulidad
El silencio era un peso. Una manta gruesa y asfixiante que se posaba sobre mi cuerpo, tan pesada como la oscuridad en la que vivía. Mis gritos, en los días que habían pasado, se habían vuelto susurros, y ahora, apenas podía emitir un sonido. Mi garganta era una herida abierta, y cada intento de hablar era un tormento. El catre de metal era frío y mi cuerpo, cubierto de llagas por las cuerdas y la incomodidad, estaba entumecido. La humillación era mi compañera, una sombra que me seguía en el sile