Ilein se sentó frente a la mesa del comedor, el teléfono en la mano. Respiró hondo antes de marcar el número de Joana. Cuando la llamada se conectó, ajustó la voz para que sonara débil.
—Hola, Joana… —dijo con esfuerzo—. Espero no molestarte, pero necesito hablarte. Me siento muy mal, creo que me ha dado un virus fuerte. El cuerpo no resiste más… el proyecto de la seda ha exigido demasiado de mí, he estado trabajando sin descanso y ya colapsé. Necesito tomarme una semana completa para recup