La cárcel de máxima seguridad de Milán era un lugar frío y oscuro, donde los reclusos más peligrosos de la ciudad estaban confinados. Las paredes de hormigón armado parecían absorber cualquier rastro de luz o calor, y el eco de los pasos de los guardias resonaba en los pasillos como un recordatorio constante de la prisión que los rodeaba. Alessandro Conti ocupaba una celda individual en el ala de máxima custodia, protegida por múltiples cerraduras electrónicas y una puerta de acero que solo se