Las máquinas de monitoreo emitían pitidos insistentes en la habitación de Máximo, donde el doctor Romano ajustaba con prisa los niveles de sedación. Joana mantenía la mano sobre la frente del hombre, tratando de calmarlo mientras su cuerpo se estremecía bajo las mantas.
“La presión está subiendo”, dijo el médico, mirando la pantalla con preocupación. “Su cerebro está respondiendo a algo —quizás un ruido fuerte o una sensación de peligro. Si seguimos así, tendremos que despertarlo antes de tiemp