Máximo llegó a la Villa Tormenta bajo la lluvia torrencial que ahora azotaba la costa. Bajó del coche con paso pesado, dejando caer la chaqueta empapada sobre el perchero de la entrada. La confusión revoloteaba en su mente, proyectándose una y otra vez la imagen de la mujer embarazada: su gesto tranquilo, la sonrisa que aunque distante, le había parecido familiar, la forma en que sostenía su vientre como si protegiera algo sagrado.
—Patrón, ¿hay algo mal? —preguntó Rico, acercándose con cautela