El avión descendió sobre el aeropuerto de Malpensa, cortando el cielo grisáceo de la tarde milanesa con su silueta imponente. Las nubes bajas rozaban las azoteas de los edificios que se iban dibujando a lo lejos, mientras el piloto anunciaba la llegada en un tono claro y seguro. Julliano apoyó las manos en la ventanilla fría, presionando los deditos pequeños contra el cristal como si quisiera tocar directamente las calles pavimentadas que conocía de sus anteriores visitas a la ciudad. A su lado