LAS COSAS QUE DEBEMOS DECIR

Ilein encontró a Máximo en el jardín trasero de la finca, cerca del pequeño invernadero donde Joana solía cultivar flores aromáticas. La luz del atardecer bañaba el espacio con tonos dorados, el aire estaba fresco y limpio, y solo se oía el suave crujir de las ramas de los naranjos cuando la brisa pasaba.

Se acercó despacio y se apoyó en el listón de madera que separaba el césped del camino de tierra. Máximo la miró y sonrió con calidez, extendiendo una mano para tenderle la suya como una invit
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