En el refugio de piedra y madera que se alzaba entre las colinas al norte de Milán, el fuego de la chimenea iluminaba las paredes mientras Ilein terminaba de recoger los platos del desayuno. Julliano seguía jugando en el suelo con los bloques de madera, construyendo torres que parecían pequeñas fortalezas. Paul acababa de terminar su ronda de vigilancia exterior cuando el equipo de comunicación cifrada emitió un pitido corto y preciso.
—Señora Ilein —anunció Paul, acercándose con paso firme—. T