Camila detuvo su auto en la calle principal que llevaba a la casa de campo de los Moretti, en las afueras de Milán. El motor calló con un suspiro suave, mientras el silencio de la noche se apoderaba del lugar; solo el crujido de unos pájaros asustados rompía el reposo de las colinas circundantes. Junto a ella, Isabella apoyó la cabeza en el respaldo del asiento, mirando con preocupación hacia la carretera vacía que se perdía entre los árboles: —¿Ya intentaste comunicarte con Tony? La señal debe