Ilein había pasado toda la semana sumida en costuras y diseños, evitando cualquier rastro de Máximo Moretti. Su rutina de yoga y desayuno era su único refugio de la tensión que la atenazaba.
Al abrir los ojos, su mirada se clavó en el auto negro aparcado a la vuelta de la esquina. Máximo estaba ahí, recostado contra la carrocería fumando. Cansado, sí, pero aún así radiante como un dios caído.
– Maldita suerte, condenado hombre –vociferó entre dientes–. Incluso del infierno llega a controlarme.n