Mientras descendía las escaleras de caracol que llevaban al sótano, Alessander Conti no podía sacar de su mente la imagen de la pelirroja que acababa de conocer. Sus pasos resonaban en el pasillo de piedra húmeda, mientras su mente se perdía en fantasías que le hacían sonreír con malicia.
Esa mujer... pensó, pasando una mano por su mandíbula mientras recordaba cómo se había pegado a él, cómo su mano había recorrido su pecho con suavidad. Exótica, hermosa, sensual... y dispuesta a estar sola con