El día se había hecho largo y pesado; la mente de Máximo vagaba por caminos lejanos a los informes que cubrían su escritorio de madera oscura en el galpón oculto de Milán, su sede de operaciones. Las cifras de las cuentas no retenían su atención —todo giraba en torno a Ilein, a su ausencia en los últimos tres días, a cómo mantenerla atrapada en la red que él había tejido a su alrededor con hilos de mentiras y poder.
Desde la ventana del segundo piso del galpón, podía ver las calles mojadas por