Las cortinas de la hacienda Moretti se deslizaron con un crujido suave de madera tallada y hierro forjado, dejando entrar la luz dorada del atardecer milanés que bañaba cada rincón de la propiedad con un resplandor cálido y duradero. Máximo permanecía en el despacho principal, revisando por última vez los informes consolidados de la empresa textil que ahora dominaba mercados de tres continentes –su cabello negro como el carbón, apenas salpicado de canas en las sienes, ojos azules que reflejaban