La mañana del vigésimo aniversario de la llegada de Ilein a Milán despertó con el aroma de café recién molido y pan casero horneado en hornos de piedra, un aroma que había marcado cada amanecer en la hacienda Moretti desde que la familia se estableció en la ciudad. Máximo permanecía en el despacho principal, sus manos apoyadas sobre mapas que ahora cubrían tres continentes –América, Europa y África– sus dedos recorriendo las rutas que conectaban fábricas, almacenes y puntos de distribución. Su