El motor del viejo sedán negro rugía con un zumbido sordo mientras avanzaba por la periferia industrial de Lyon. Fuera, la lluvia golpeaba el parabrisas como un recordatorio constante de que el tiempo se les agotaba. En los asientos delanteros, el silencio entre Luca y Enzo era más denso y letal que el humo del cigarrillo que se consumía entre los dedos del copiloto. En el asiento trasero, Bella permanecía inmóvil, con la mirada fija en el cilindro cromado de la Llave Maestra que descansaba sob