El sol se hundía en el horizonte del mar Jónico, tiñendo las aguas de un rojo tan intenso que parecía evocar la sangre derramada en los Alpes, en Lyon y en los muelles de Nueva Jersey. Pero en la terraza de aquella villa de piedra blanca, colgada de los acantilados de una pequeña isla griega olvidada por los mapas turísticos, el aire no olía a pólvora ni a miedo. Olía a romero, a sal marina y a la libertad que solo poseen los que han regresado de entre los muertos.
Bella observaba el ocaso con