El amanecer en la frontera suiza no trajo consuelo, solo una claridad fría y cortante que hacía que las heridas de la noche anterior punzaran con renovada saña. El Mercedes negro blindado se deslizaba por las carreteras serpenteantes de los Alpes con una eficiencia silenciosa, alejándose de las ruinas humeantes de la mansión Valenti.
En el asiento trasero, Bella mantenía la cabeza apoyada en el cristal, observando los picos nevados. En su regazo, la carpeta de cuero que el Notario de la Comisió