La mañana llegó con una claridad extraña, como si el cielo de Bogotá no supiera si llorar o brillar.
El aire tenía ese olor metálico que deja la lluvia sobre el asfalto, y yo sentí que todo —la ciudad, la gente, el ruido— se detenía antes del juicio final.
Esa mañana la junta directiva de Rivas Couture se reuniría para decidir el destino de la empresa.
Y, aunque todos lo sabían, lo que en realidad se decidiría era algo mucho más personal: nuestra verdad.
Lucía entró en mi oficina con su acost