El amanecer encontró a Bogotá envuelta en una neblina espesa, como si la ciudad quisiera esconderse de todo lo que había sucedido la noche anterior.
Yo tampoco quería salir de la cama. No por cansancio, sino porque por primera vez en mucho tiempo, me daba miedo enfrentar el día.
La carta de mi madre seguía sobre la mesa, doblada con cuidado. La había leído tantas veces que ya me sabía cada palabra, cada trazo de su letra.
Era su voz hablándome desde el pasado, su advertencia hecha ternura y d