Después de la noche en el hospital, Spencer me había concedido el descanso mínimo, pero el trauma emocional me dejó hecha un ovillo. A pesar de la luz verde en la recuperación de mi padre, la presión no cedía. Liam me acosaba para terminar el Huayra, y Spencer me controlaba con la precisión de un reloj suizo.
Necesitaba desesperadamente un respiro que no oliera a aceite de motor ni a mármol frío.
Llamé a Chloe, mi mejor amiga desde la secundaria, la única persona que entendía mi vida caótica. C