Cinco años después del regreso.
Si alguien me hubiera dicho hace una década que mi vida se resumiría en este nivel de anarquía doméstica, probablemente lo habría atropellado con mi Porsche. Pero aquí estaba, en el jardín de la mansión familiar, tratando de abrocharle la pajarita a un niño de cuatro años que tenía exactamente mi misma mirada desafiante.
—¡Papá, Leo me quitó mi coche de carreras! —gritó Elias, mi hijo mayor por apenas tres minutos.
—¡No es cierto! ¡Es el mío! —replicó Leo, su mel