Eran las 19:45. El cielo sobre el distrito industrial estaba pesado, cargado de la promesa de tormenta. Yo estaba en el pit clandestino, vestida con mi mono de trabajo, la mente afilada y concentrada, lista para la carrera de prueba de Rogue. El Huayra rugía en ralentí, un animal impaciente.
Rogue estaba a mi lado, su casco puesto. Parecía una estatua oscura, su energía contenida. Yo revisaba los datos de la telemetría, sintiendo el familiar tirón de la adrenalina. La recarga de energía con Spencer había hecho maravillas para mi concentración, paradójicamente.
—Todo está en línea, Rogue. Pero el cielo me preocupa. Si llueve, el agarre será nulo en el último tramo —informé, señalando la gráfica de la temperatura del asfalto.
—No importa. Ganaremos rápido. La gente apuesta por el riesgo, Casey. Y yo no pierdo.
La multitud era más grande de lo habitual. Había una tensión extraña en el aire, no solo por la carrera, sino por el desafío de las nubes que se oscurecían rápidamente.
El oponent