Desperté sintiendo el sol de la mañana filtrándose por las cortinas. La resaca era tolerable, gracias al agotamiento total. Me di cuenta de que estaba desnuda, envuelta en las sábanas de seda, y que Spencer no estaba en la cama.
Me senté, sintiendo cada músculo adolorido. La noche anterior había sido una liberación explosiva, un drenaje violento de toda la tensión acumulada.
Justo entonces, la puerta del baño se abrió. Spencer salió, envuelto solo en una toalla baja, su cabello oscuro mojado y revuelto. La frialdad habitual de su traje había sido reemplazada por una masculinidad cruda y accesible.
Me miró. Sus ojos grises eran claros y tranquilos, pero había una ligera sonrisa que no pudo contener.
—Buenos días, Casey. ¿Logramos drenar la intensidad? —Su voz era juguetona, un tono que nunca había escuchado en la oficina.
—El drenaje fue... exhaustivo, señor Blackwood —respondí, mi propia voz ronca por el sueño y los gritos ahogados de la noche.
Él caminó hacia la cama, su toalla apena