El regreso a la ciudad fue un ejercicio de control absoluto. En el jet privado, el silencio era diferente. Ya no era una barrera, sino una cortina pesada que ocultaba lo que había sucedido. Spencer estaba de vuelta en su traje de CEO, inmutable, leyendo informes con una concentración que desafiaba la realidad. Yo estaba impecable en mi traje, pero sentía el peso de la seda en mi piel y, más aún, el ardor de la **marca** en mi clavícula, que Spencer había cubierto hábilmente con una bufanda cara