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—oh… lo siento. Quizas no debí… —comentó apenada y negué. Me giré rodeando el escritorio y lo observé con una sonrisa antes de envolverlo con un abrazo.

—Me encantó –dije con sinceridad y sonrió.

—¿Quieres… caminar? –preguntó y mi madre nos alentó.

—Estoy despeinada y horrible –dije con una mueca y se encogió de hombros. Para mi sorpresa, me tomó de la mano. Me reí, mientras me giraba como una princesa.

Teníamos algo, que jamás tuve con nadie. Sin compromiso, solamente nos reíamos y hablábamos
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