En cuanto Johannes dejó caer la llave que guardaba en su bolsillo, Estefanía la cogió y pudo abrir la puerta para salir corriendo. En su habitación, se desplomó y lloró con la mitad superior del cuerpo sobre la cama.
Temblaba y las palmas le ardían. Todavía sentía en ellas la dureza cruel del látigo, palpitando contra su carne.
Él la había presionado, la había arrinconado... ¡No le dejó escapatoria!
El dolor ahogado que le apretaba la garganta desde que regresara a su departamento había grit